—Bien, seguramente no sería la primera vez que tú y yo nos hemos cruzado.
—Verdad, pero tengo permiso de Hypnos para que sea la última vez si interfieres con ella otra vez...
Vanessa fue a dormir aquella noche y esperó que Zac se presentara.
Él no lo hizo.
Cuando se despertó por la mañana, ella tembló perdida y preocupada. ¿Le habría pasado algo?
Él había actuado de una manera tan extraña ayer. Y ese grito…
¿Qué podía haber pasado? ¿El Skoti podría haberlo encontrado? ¿Hecho daño porque la protegió?
—Zac —susurró ella. —¿Dónde estás?
Zac sufría al oír la súplica en la voz de Nessa. Estaba de pie a su lado, tan cerca que todo lo que tenía que hacer era moverse ligeramente y la tocaría. —Estoy aquí, mi Ness —susurró. —He estado aquí toda la noche.
Ella no lo oyó.
Él se había quedado en su cama todo el tiempo que ella durmió, mirándola. Asegurándose que ninguno de los Skoti la encontraba. Estaba seguro que Ana estaba detrás de la aparición de M'Ordant.
Zac era todo lo que estaba entre Vanessa y Ana. Mientras él visitara sus sueños y ellos estuvieran juntos, su hermana no sería capaz de reclamar a Vane.
La mente de Ness estaba llena de felicidad y creatividad. Sus sueños eran vivos y cálidos y rebosantes de emociones. Cualquier Skotos sería atraído a ella.
Y ahora él no podía ni protegerla, ni…
Sus pensamientos se dispersaron mientras ella lloraba.
El dolor laceró su pecho al ver su pena. Ella sollozó como si su corazón estuviera roto.
¿Por qué?
Pero peor fue la impotencia que él sintió. Él sufría por ella. —Por favor no llores, akribos —susurró él, intentando tomarla en sus brazos.
Eso no funcionó.
Él no era de su mundo. Nunca podría ser parte de su mundo. Apretando sus dientes, maldijo su existencia sin forma.
Ness lloró hasta que sus ojos se pusieron pesados. Hasta que estuvo tan agotada y tan cansada, que no pudo moverse.
Y mientras ella volvía a dormirse, pensó por un instante haber captado una vislumbre de Zac en su cuarto.
Lo siguiente que supo, fue que se encontraba en lo alto de una montaña, mirando el océano.
La hierba acariciaba sus pies desnudos mientras las olas se estrellaban sobre el oleaje a lo lejos, abajo. El viento azotaba su pelo, pegando su blanco vestido de verano a su cuerpo.
Ella aspiró el aire crujiente, limpio y escuchó al graznido de las gaviotas. ¡Qué pacífico!.
Justo cuando ella pensó que su sueño no podía mejorar, sintió dos fuertes brazos envolverse a su alrededor. —¿Te gusta estar aquí?
Ella tembló ante el acento profundo de la voz de Zac en su oído. —Sí, me gusta.
Se dio vuelta en sus brazos para ver su caliente mirada fija en ella. Ella tembló por su aspecto preocupado, por las hermosas líneas de su cara.
—Dime por qué llorabas —exigió él.
—Tuve miedo que algo te hubiera pasado.
—¿Y eso te pone triste?
Ella asintió.
Zac tembló al saberlo. Él se inclinó y descansó su barbilla contra su hombro e inhaló el dulce olor de su piel. Ella se sintió tan bien en sus brazos.
Ella se había preocupado por él. Eso era increíble.
—¿Dónde estabas?
—Estaba contigo —suspiró él. —Sólo pensé que querrías una noche libre.
Ella se rió de eso. —Dices eso como si estar cerca de ti fuera un castigo.
—¿Lo es?
Ella pareció horrorizada por la idea misma. —No. Nunca.
—¿Por qué te gusta estar cerca de mí?
—Tú me haces feliz.
Él frunció el ceño. —Te hice llorar.
—Sólo un poco.
—¿Y aún así quieres estar conmigo?
—Por supuesto que quiero.
La mujer era la mayor idiota en la historia.